Disciplina
Por José Leonardo Chapel
Se antoja hablar de disciplina en una de sus acepciones, ya que constantemente se alude: a la falta de disciplina, excelente disciplina, mediana disciplina, deforme disciplina y hasta cruel disciplina.
Es bueno puntualizar que literalmente, esta palabra de la que hablamos, significa un conjunto de leyes o reglamentos que rigen a un determinado núcleo social; por lo tanto, debe asentar sus bases en valores y derechos.
El primer núcleo social con el que tiene contacto el individuo es con su familia por lo que es digno de tomarse en cuenta que son los padres quienes sentarán las bases para lograr una verdadera disciplina que perdure por muchas generaciones, aunque halla que modernizar conductas para vivir cada época histórica con oportunidad y un gran sentido común.
Quien establece las reglas es la autoridad, que lejos de generar miedo, debe tener una proyección humanista que inspire seguridad y confianza con apertura de criterio y capacidad de juicio, ostentando siempre tolerancia, deseos de escuchar y discutir todos los temas, dando a cada uno la importancia que requiere, procurando llegar a una conclusión práctica y apegada a la vida diaria.
El amor es un ingrediente indispensable para lograr disciplina óptima, puesto que con amor se motiva al buen entendimiento. No confundamos al amor con la permisividad blanda dada a la negación de carencias o al disimulo de errores. El que ama verdaderamente muestra firmeza de actitud, es incorruptible y fija su postura aún por encima del dolor.
El segundo ingrediente es el respeto. Existen miles de hechos donde hasta se hace costumbre la falta del mismo: la impuntualidad, la mentira, los apodos, el querer un hijo varón y no una hermosa niña, señalar defectos o cualidades físicas en público, ridiculizar fracasos, apartar en la escuela los burros de los aplicados, usar palabras altisonantes, invadir espacios o disponer de objetos que forman el patrimonio de recuerdos y afectos de un niño (suele suceder que con el afán de limpiar, la mamá regala el juguete más viejo, pero que ocupa el lugar preferente; o cambia el acomodo de la recámara, o tira la ropa vieja, o esculca cajones y quiere enterarse de sus secretos). Hay ocasiones en que se le prohíbe la más simple participación en la conversación, o se le excluye de las vivencias trascendentes como la hora de la muerte o de alguna otra cosa importante para la familia y que sin respeto alguno se le pintan las situaciones en mentiras que constituyen una franca falta de respeto a su dignidad humana y que después queremos que tengan disciplina de adultos y ya no se puede.
Aunado al amor y al respeto está el límite. Ninguna regla es amorfa y sin límites puesto que el crecimiento y desarrollo humanos no son estáticos, por lo tanto, hay que adecuar los hechos a las edades y circunstancias acrecentando paulatinamente la libertad en proporción directa a la responsabilidad y dejando el suficiente tiempo para la experimentación.
La disciplina no es represión ni rechazo a la autoridad; tiene que ser la absoluta convicción de sentirse parte muy importante del mundo en que se vive. No es apariencia de rigidez muscular o sonrisa mecánica o caravana a la autoridad; es alegría de vivir dentro de las reglas para no hacerse daño ni dañar a los demás.
No requiere castigos que muchas veces matan al alma, donde se arrastran apodos crueles, se guarda el rencor a la maestra cotorra que con tijeras de podar árboles cortó con furia la melena, o aquella que por decirse exigente en la docencia dejó hincado (a) en el sol al incumplido, sin más afán que hacerse notar…
Recopila lo útil y comienza de nuevo. Todo es perfectible.
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