México, D.F a 20/05/2012

El histérico triángulo del deseo

El histérico triángulo del deseo

Por Charly Reyes Velasco

A veces se necesita entrar a la locura ajena para entender y aceptar la propia neurosis, de modo que la cura para que el individuo enfermo alcance su libertad emocional y plenitud depende de corromper a quien lo analiza…¿o era al revés? Ese parece ser el meollo de “Un método peligroso”, la penúltima cinta del maestro canadiense David Cronenberg (quien estrenará este 2012 su nueva obra “Cosmópolis”), basada en la obra teatral “El método hablado” del respetado Christopher Hampton (quien previamente adaptó “Las relaciones peligrosas”), partiendo a su vez del libro “Un método muy peligroso: la historia de Jung, Freud y Sabrina Spielrein”.

Para la mayoría de las personas los nombres de Jung y Freud son familiares, sobre todo cuando se han requerido los servicios de algún discípulo suyo; aunque sus planteamientos han sido superado para los estándares modernos (que siempre terminan caducando en algún momento), las ideas de ambos médicos de la mente sentaron las bases para entender y tratar los problemas internos que padecemos en la sociedad moderna, al punto que es un punto común la imagen del psicólogo-psiquiatra haciendo notas y dibujitos mientras su paciente se desahoga tirando en un diván.

No es de extrañar el interés de Cronenberg por este tema, quien es conocido previamente entre los gore-fans como “el barón de la sangre” por sus viscerales cintas de horror venéreo, donde la mente y el cuerpo somatizaban las enfermedades sociales, las cuales plasmó en inquietantes narraciones que ya son legendarias películas (“Vinieron de dentro de”, “Rabia”, “La camada, “Telépatas-mentes destructoras”, “Videodrome”, “La mosca”, “El almuerzo desnudo”, “Crash”, “M.Butterfly”); a partir de “Spider” hasta las tres estelarizadas por Viggo Mortessen (“Una historia violenta”, “Promesas del este“ y la reseñada en estas líneas), su obra fílmica se ha centrado de forma más sutil en los trastornos de percepción de la realidad, la fragilidad de la personalidad y la identidad humana en el mundo post-industrial.

La anécdota que nos narra en esta ocasión parece seguir los parámetros de “Dead ringers” (me niego a usar el título con que la distribuyeron en México, “Pacto de amor”), la cinta que en 1988 con Jeremy Irons en el doble papel de los gemelos Mantle y su mutua obsesión por una mujer que rompe su relación simbiótica.

Aunque también en este caso el punto de partida es un hecho real con personajes bien documentados, están ausentes las visiones oníricas que son marca de fábrica del director, pero permanecen las relaciones humanas enfermizas que se ocultan en una apariencia de normalidad y respetable interés científico, pero que en realidad sirven para sacar a flote las motivaciones e instintos más oscuros del nuestra psique, término que sustenta la misma obra del patriarca Sigmund Freud (creador del psicoanálisis, en un mesurado pero entrañable papel de Viggo Mortessen) y del simbólico hijo que continuaría su obra, Carl Gustav Jung (quien formalizó la psicología analítica, interpretado por Michael Fassbender), verdadero protagonista de este drama; el choque entre ambos puntos de vista (el rigor científico del primero frente a la apertura a lo desconocido del segundo) tendrá como síntesis y encarnación en la figura tortuosa de la joven histérica de origen ruso Sabrina Spielrein (Keira Knightley), quien será tratada y “curada” por Jung al punto de despertar en ella su vocación como psicoanalista, además de volverse su amante.

Pero no nos dejemos llevar por la publicidad, no se trata de un festín erótico entre maestro, discípulo y su aprendiz ninfeta, sino de una lucha de voluntades por buscar la verdad, pero también el reconocimiento profesional y social, que de alguna forma refleja el entorno histórico que están viviendo: la apacibles ciudades de Viena y Zurich, antes de la Primer Guerra Mundial y como el preludio a la demencia política conocida como Nazismo.

No es gratuito que, como señala en algún momento Freud, que la mayoría de los psicoanalistas en ese momento histórico sean judíos, al igual que Sabrina, cuya represión, sado-masoquismo, histeria y posterior recuperación intentan evocar el sometimiento ambiguo que tendrá el pueblo judío, donde los traumas de la infancia y las deformaciones de carácter encuentran su punto de cura al exteriorizarse con palabras, elemento clave en la mitología hebrea donde el mismo término cabalístico (a diferencia de una letra) puede dar vida o muerte al monstruoso Gólem que asolará Europa durante décadas.

De ahí que el acomodado Jung no sea feliz a pesar de estar casado con una hermosa esposa, Emma (Sarah Gadon), quien además es rica y lo consiente con regalos costosos como un velero, pero cuyos deseos por tener un hijo varón pese a tener dos hijas signifiquen su máxima ambición y logro como mujer; de ahí que dejar de reprimir la atracción que siente por su paciente Sabrina lo libere de su envaramiento de vida y razonamiento; aplicar la técnica del respetado Freud detonará su propio pensamiento con riesgo de su posición social y profesional; el caso de Sabrina parece sin solución, pero la búsqueda de respuestas lo acercará a Freud, con quien tendrá diferencias posteriores, no sin antes de dar rienda a su libido gracias a los consejos del libertino Otto Gross (Vincent Cassel), protegido de Freud a quien Jung recibe para su supuesto tratamiento, sólo para encontrarse en la posición contraria.

El cineasta canadiense nos brinda una reflexión envuelta en una elegante producción de época que hará sentirse culpables a las buenas almas que esperen ver una “historia bonita como las de antes”. Nos ofrece en cambio una humanización de las “vacas sagradas” del psicoanálisis, retratando un momento concreto de la historia que impactará el pensamiento humanista hasta nuestros días, donde hombres y mujeres encuentran respuestas a su condición de incertidumbre frente a la vida, con toques de fetichismo, luchas por el poder (carnal, científico, político, social), deseos impulsivos de Eros-Vida y Thanatos-Muerte, la naturaleza del deseo y la represión que sustentan las instituciones y civilizaciones, el inconsciente colectivo, los arquetipos y diversos temas expuestos en largos pero entretenidos diálogos (no olvidemos que se sustenta en una obra teatral), que para el espectador promedio le pueden parecer aburridos, pero que serán una delicia para quienes busquen más que sólo enredos de cama y reconstrucciones detalladas de época con vestuarios y decorados lujosos.

Una excelente película que hay que valorar en estos neurasténicos tiempos que vivimos; recomiendo ampliamente su visionado. Los seguidores de la Nueva Carne pueden extrañar el impacto visceral de las primeras obras del maestro canadiense, pero quienes disfrutaron de “Kinsey” (Bill Condon, 2004), otro denso biophic de otro científico controvertido, encontraran en “Un método peligroso” una obra fílmica honesta, de aparente frialdad y sencillez, pero perturbadoramente hermosa…tenemos Cronenberg para rato.

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