LA OBLIGATORIEDAD DEL VOTO EN MÉXICO
José Félix Ortiz González* | FACTOR
En los comicios de los últimos años, se ha presentado en México un fenómeno social que ejemplifica gran parte de los problemas que enfrenta nuestra no muy sólida democracia: la abstinencia al voto. Ante los retos que, como sociedad y nación, nos presente el siglo XXI, los mexicanos debemos asumir con responsabilidad nuestro deber civil como ciudadanos de una nación que nos necesita, si es que deseamos salir del abismo político en el que nos encontramos.
En un régimen donde el partidismo y la búsqueda del poder por el poder mismo han importado más a los “representantes” de la sociedad mexicana que el correcto ejercicio de la labor gubernamental en pro del bienestar general de los ciudadanos, el compromiso que tienen estos últimos de hacer valer sus derechos y cumplir con sus obligaciones se torna imprescindible si es que se busca lograr un cambio estructural en la configuración sociopolítica del México del mañana.
Incompetencia, corrupción, y engrandecimiento personal o de grupo a costa del bien común, como ya fue descrito anteriormente, han caracterizado durante mucho tiempo a la mayoría de los funcionarios del país e incluso, cayendo en el pesimismo (¿o afrontando la realidad?) podrían ser las particularidades que conforman el estereotipo del “político mexicano”. El pueblo no cree en ellos y últimamente, indicadores de esta afirmación han sido los altos niveles de abstinencia en los comicios electorales. La sociedad intenta expresar su descontento pero, como no es nuevo al común de los ciudadanos en este país, de manera rebelde y desorganizada; sin argumentos claros y bien estructurados, sin un programa o código propios.
“Todos son iguales, ¿qué caso tiene entonces votar?” diría la vox populi. Si bien tiene sobrada explicación el asumir una postura como ésta dada la historia política reciente (y no tan reciente) de México, es en ella que radica, precisamente, uno de los problemas más graves. Al mexicano siempre le ha gustado colocarse en la posición de “víctima”, no de “corresponsable”. Y el victimizarse frente al “abuso” de otros implica pasividad y el hecho de no reconocerse tiene todo que ver con la capacidad de dar solución al problema. El mexicano se siente desvalido frente a la omnipotencia del gobierno y los funcionarios públicos y, al mismo tiempo, los considera a ellos como “los que están mal”; se le olvida que el gobierno es “el reflejo de los pueblos” y que, en tanto la sociedad civil no cambie, el gobierno mucho menos.
La abstinencia al voto en México nos da la pauta para hablar de la carencia de una ciudadanía activa, consciente y responsable; verdadero problema de fondo, causa y motivo de muchos de los malestares que hoy y siempre han aquejado a la nación. En México, prevalece la “masa” por encima de la “ciudadanía”. Una masa que no ha sabido organizarse, no comparte una visión, y mucho menos tiene una propuesta de cambio para el país. Por lo tanto, mientras en la nación mexicana no se dé esa transformación de circunstancias donde las personas pasen de la apatía a la iniciativa, el gobierno seguirá siendo un gobierno de masas, un gobierno de “pan y circo”.
El “no votar” no es la respuesta correcta ni la mejor manera de expresar inconformidad política, la respuesta es ejercer la democracia a través de la conformación de cuerpos ciudadanos que hagan valer sus derechos y asuman sus obligaciones con el compromiso de ver convertido a México en un país mejor. Hacer pleno uso del derecho al sufragio sería apenas el primer avance para salir de la pasividad y convertirnos en una sociedad activa y responsable.
*Estudiante de la Licenciatura en Creación y Desarrollo de Empresas en el Instituto Tecnológico y de Estudiso Superiores de Monterrey, Campus Guadalajara.
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