México, D.F a 20/05/2012

¿Valdrá la pena vivir?

¿Valdrá la pena vivir?

Por José Leonardo Chapel

Como la hormiga que se levanta y que por instinto sigue un patrón para subsistir, es necesario alimentar la belleza que encontramos en cada respiro y en cada paso que damos.
Cuando las cosas de la vida se agolpan siempre es bueno pensar: ¿Cómo es el mundo en que vivo?
En la vertiginosa carrera de la modernidad y el activismo, se ha perdido el gusto por ver lo que nos rodea, frecuentemente nos parece trivial tener unos padres que nos aman y viven pendientes de nuestras necesidades, alegrías sueños y rarezas de gustos. O tener unos hermanos que forman el equipo donde se comparten espacios dentro del hogar, la felicidad del encuentro a la hora de los alimentos, muchas veces convertidas en glotonería. O la libertad de ver una película, o leer un libro, o tener una sesión de chistes de todos colores, donde sobresale la habilidad de algún miembro de la familia, o evocar recuerdos tanto alegres como tristes.
Dejamos de ver la belleza del cielo ya sea al amanecer o atardecer, incluso cargado de nubes negras de agua surcando con el relámpago, furia del cielo, al que le sigue el estruendo del trueno. Ya no vemos el campo con sus bellezas y características singulares, según la estación: La cantidad de verdes en primavera, cuando se estrena el follaje, como si todo gritara: ¡Te comparto mi alegría de vivir!, una vida que constantemente nace cada primavera.
Y en el verano, cuando todo apunta a dar generosos frutos, y las flores son de tal colorido, formas, tamaños, texturas, olores, unas escondidas entre piedras esperando las generosas gotas del rocío.
Luego el otoño, cuando cambian los verdes en vivos amarillos y fuertes ocres, los follajes comienzan a perder su lozanía, los frutos han madurado y están listos a ser cortados para convertirse en nuestro alimento. Cuánta generosidad de la tierra, parece que nunca se cansará de dar, ¿Acaso le costará dolor al que lo creó otorgárnoslo, derjarlo ahí, a nuestro alcance?
En seguida el invierno, el color ya se ha tornado en cafés y grises, ya no hay follaje, la tierra enseña su desnudez, brillan los cerros en tonos de rosa y un ligero coral muy de vez en cuando; saludan algunos musgos que muy sabios han hecho alcancía de humedad, las vívoras y lagartijas salen tímidas a tomar el sol, los hormigueros no presentan actividad, pues sus habitantes han previsto el alimento con oportunidad y abundancia.
Lo anterior sería sólo una millonésima parte de lo que el mundo nos ofrece cada día, falta asomarse a lo NO medible, ni cuantificable, esto es: Las potencias humanas que he recibido desde mi concepción como ser humano, comenzando con el DON de vivir.
Si analizamos y reflexionamos podemos encontrar que hemos disminuido el gusto por observar y disfrutar de las cosas sencillas que no requieren mas que concentración y la buena voluntad de alentar nuestros sentidos para establecer una verdadera comunicación con el entorno el cual por ende nos llevará a un mayor conocimiento de nuestro mundo. Si lo conozco, lo amo y lo cuido, entenderé con claridad “el gran regalo de la vida”.
Te invito a disfrutar de lo sencillo, a integrar en TODO un espacio fuerte y luminoso que te acompañe hasta en lo más adverso; así tu vida siempre tendrá un sentido para no caer en la desesperanza.

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